Francico González Grajera ante su gran obr,  el 'Capricho de Cotrina'
Francico González Grajera ante su gran obr, el 'Capricho de Cotrina' / A. Magro

Ha muerto un genio

  • "Los reconocimientos hacia los genios, Francisco era uno, debemos ejercerlos en vida no una vez mueren. Ojalá en muerte lleguen muchos, y esta obra de arte, magnífica, ensoñadora, mágica y libre, ocupe pronto, pues ya le toca, un destacado lugar en una Extremadura que despierta de pasados ya cada vez más olvidados"

Hoy recibo sorprendido y a la vez consternado la noticia del fallecimiento de D. Francisco González Grajera, autor del ‘Capricho de Cotrina’, una obra arquitectónica muy particular difundida por numerosas publicaciones nacionales e internacionales del ámbito de la arquitectura. Francisco era un experimentado albañil con el sueño romántico, entendible en su dimensión artística, de construir y finalizar en su estatus de jubilado un sueño, un edificio pensado en su soledad y construido con muchísimo esfuerzo con sus manos y con su alma.

Francisco construyó en mitad de una convencional urbanización de su pueblo, Los Santos de Maimona (Badajoz), un edificio que a muchos dejaba boquiabiertos, a otros incomprensiblemente enfadados. A D. Francisco le pasó en gran medida lo que a Lorca, le toco nacer en una época y contexto poco favorable.

Recuerdo que nos conocimos casualmente en lo mundano, causalmente en lo metafísico. Circulando en automóvil por la carretera de Zafra, en el término municipal de Los Santos de Maimona, en un viaje en familia, divisamos cual se divisa un espejismo, una extraña visión, onírica visión, un edificio que por sus formas y colores nos llamaba, como una luz de faro en la inmensidad de la noche salvando a los marinos de un naufragio. Y al llegar, aquella cancela de hierro forjado se abrió para con una sonrisa ni desmedida ni comedida, de un hombre llano, tal vez uno de los hombres más llanos y buenos que jamás haya conocido, nos dijera,... “pasen ustedes”. Esa es la hospitalidad que nos cautivó en una mañana sureña encantada, visita generosa, con guía de lujo, que a todos, mi mujer como historiadora del Arte, mis hijos como niños inquietos y sensibles y yo mismo como practicante del Arte, en la actividad liberal y en lo académico, percibiéramos desde el convencimiento de encontrarnos ante algo importante, muy importante.

Desde entonces y durante algunos años, habíamos establecido una cordial relación y sobretodo unos cuantos intentos de ayudar a D. Francisco a difundir su trabajo, sobretodo, por la soledad extrema en la que se encontraba y por el nulo, por no decir inexistente apoyo de quienes debieran ejercer en lo ético su compromiso como servidores públicos, fueron muchas las cartas escritas, las puertas picadas, esterilidad y silencio, mucho silencio, ese silencio de la España aún profunda en muchos de sus espectros, la España que subvenciona a los toreros, ganaderos y cazadores y da la espalda a los poetas y artistas de lo espiritual y lo emotivo.

Francisco era un artista, y hoy, Los Santos de Maimona, Badajoz, Extremadura, España, el Mundo y el Universo, perdemos un genio. No hay más, no hay menos. Debo decir, pues sino implosiono, que es más elegante que explotar, que estoy, y así lo manifesté en los foros en los que me fue posible, en total desacuerdo en que la obra autodidacta de Francisco González, era una obra gaudiniana y ese recurso en el que corren las tintas clasificatorias que definen el ‘Capricho de Cotrina’ como un edificio gaudiniano, algunos lo clasifican del ‘Gaudí extremeño’, es una auténtica torpeza cultural ignorancia vestida de retórica culta. Ello es tan osado como emparentar el Kremlim con la Sagrada Familia. Pero no es momento de entrar en retóricas estéticas, podríamos pues en lo formal hay muchas diferencias con Gaudí, incluso recursos totalmente innovadores y únicos, solo lo menciono pues me temo que a Francisco ya lo tocó en vida arrastrar esa losa y ahora la seguirá arrastrando injustamente.

Los reconocimientos hacia los genios, Francisco era uno, debemos ejercerlos en vida no una vez mueren. Ojalá en muerte lleguen muchos, y esta obra de arte, magnífica, ensoñadora, mágica y libre, ocupe pronto, pues ya le toca, un destacado lugar en una Extremadura que despierta de pasados ya cada vez más olvidados. La Extremadura de las nuevas generaciones intelectuales. A ellos pertoca desde la responsabilidad y la fraternidad, velar por su finalización, conservación y difusión. Los demás, los que miraron con recelo a Francisco por sus excentricidades, los políticos que no le ayudaron y aquellos que intentaron desde argucias urbanísticas echar abajo su templo, hoy debieran mirar al suelo con vergüenza y no mirar, al menos hoy, por respeto, al firmamento estrellado.

Descanse en paz buen amigo y compañero artista, genial Francisco González Grajera.

Rafael Romero Pineda.

Doctor en Bellas Artes.

Profesor de la Universidad de Barcelona.

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