La Mento

Su estilo de vida y su manera de ser dejaron huella en Los Santos

La Mento en sus ultimos años de vida
GENTE QUE DEJARON HUELLA

Solo verla ya te impactaba por su peculiar atuendo: chaqueta y falda vaqueras raídas por el uso, gorra con visera estilo Jokey, cabellera desgreñada, escarpines de lana a media pierna, zapatillas cómodas para el bien caminar, mirada un tanto perdida de ojos garzos y el inseparable cigarro semiapagado en la comisura de su boca desdentada. Semejaba un pintoresco personaje sacado de los cuentos de Chejov. Jamás se la vio vestir zapatos de tacón con medias de seda, ni ceñido vestido para para realzar su figura, ni cabello ondulado o de bucles arropando sus sienes, ni carmín dibujando el perfil de sus labios. Ella era asi, como Dios la hizo, que a nadie nos consultan en tema tan trascendente. A pesar de su aspecto un tanto desaliñado no carecía de personalidad, pues la personalidad no radica en ser más guapo o más feo o más alto o más bajo, ni tampoco en tener mayor o menor nivel de cultura. La personalidad es una síntesis de un compendio de caracteres y cualidades que, al fundirse, irradian en quien los posee, un particular aurea de originalidad sui generi, reñido con la ordinariez y la chabacanería. Se recorría, en cada tiempo propicio, lo mismo las costanas de la Sierra Gorda, que los eriales de Obando, Cabrera o la umbría de la Sierra de los Olivos, adonde se desplazaba en su antañona bicicleta, en busca de los espontáneos frutos de la madre naturaleza, que luego ofrecía en venta o sorteo, según cuadrase, por los bares de la población. Y de ello vivía. Era una experta en la materia. Un luminoso día de finales de Marzo, mientras tomábamos unas cervecitas en 'La Marín', se acercó respetuosa y me dijo: - Don Diego, tenga estos espárragos que le han tocado. Era un manojo abundante, perfectamente enlazado que daba gloria ver. Mi sorpresa se disparó ya que, en ese sorteo, no había participado. De inmediato pregunté a mi esposa, por si ella había cogido alguna papeleta; al decirme que no, le comente: -Mento, debe haber un error pues en éste sorteo no he jugado A lo que me contestó: -Mire éstos espárragos los rife anteayer y no aparece el afortunado; juraría que ha sido uno de esos forasteros que vienen de paso, así que cójalos, se los regalo como premio a lo buen cliente que es y lo poco que le toca. Y los dejó empingorotados sobre el mostrador del bar. Un día, al regresar de un corto viaje, me entere de su muerte. Había sido un breve transito sin molestar a nadie, como ella era. Seguro que a estas horas, andará recorriendo, con su peculiar destreza, las fértiles e inconmensurables praderas del universo infinito, en el rebusco de sus deliciosas verduras para rifarlas entre los ángeles, arcángeles, tronos y dominaciones de toda la corte celestial. Y será feliz, como justa recompensa a la humildad y honestidad de su vida